Los ahijados del doctor

Miércoles 8 de julio de 2020 | 05:00hs.
Diego Vain

Por Diego Vain deportes@elterritorio.com.ar

Sin buscarlo, y casi por una casualidad, Mario Oilher llegó a San Ignacio a principios de los 90. Su destino era otro, pero su familia prefirió quedarse en la Tierra Colorada y el formador decidió continuar con su trabajo en Misiones. Fundó un club y hace 20 años se dio el lujo de invitar a Carlos Salvador Bilardo para que apadrine la escuela, que hoy sigue alimentando los sueños de muchos chicos.
“Con la escuela estoy desde principios de los 90, entre el 92 y 93. En esa etapa me instalé en San Ignacio. Vine desde Posadas con destino a Paraguay, pero mi familia quiso quedarse”, recordó quien en ese momento era delegado de Vélez en la provincia.
“Yo iba a trabajar en Libertad, en inferiores, y tenía que coordinas las fechas para llegar a Paraguay. Me vine con mi familia desde San Pedro, en Buenos Aires, anclé en Posadas, tuve un paso por Atlético Posadas y luego dirigí en Paraguay a 22 de Septiembre. Al año siguiente tenía que viajar a Asunción y mi familia quería quedarse acá en Misiones. Unos amigos me recomendaron San Ignacio y nos instalamos acá”, comentó quien todavía sigue trabajando en formar jugadores.
Con el club San Ignacio Miní cerca de cumplir una década, Oilher decidió buscar un padrino que sea digno del proyecto y se le ocurrió que podía ser, nada menos, que Bilardo, campeón del mundo con Argentina en México 86.
“Nosotros hicimos el contacto un encuentro en un hotel en Buenos Aires y ahí contacté a la gente de El Territorio y Bilardo quedó en realizar una visita a San Ignacio. Es el técnico campeón del 86 y subcampeón en el 90 y charlamos un tiempo hasta que salió la oportunidad de traerlo”, recordó Oilher.
Finalmente la visita del Narigón se concretó el jueves 26 de octubre del 2000. Ese día el DT visitó varias escuelas de San Ignacio y estuvo presente en un par de partidos que se disputaron con equipos de varios puntos de la provincia que fueron invitados. Recorrió las ruinas jesuíticas y brindó una conferencia en la que, por supuesto, habló de fútbol.
La presencia del hombre que dirigió a Diego Maradona y comandó a la Albiceleste en su última conquista mundialista, sin dudas, revolucionó a la ciudad y la provincia y significó un empujón muy grande para el club. “Yo ya tenía un par de jugadores en Vélez y él lo que quería era apoyar y destacar a la gente que somos iniciadores de los chicos, los que empezamos con la parte de la formación. Y yo lo tomé con un apoyo a lo que hacíamos y para recordar a mucha gente que hacía lo mismo en otros lugares del país”, expresó Oilher.
Para San Ignacio ese día fue histórico. “Estuvimos todo el día con Bilardo. Recorrimos escuelas y eso quedó grabado en las fotos y en las notas que salieron en ese momento”, se alegró, pero también se lamentó porque muchas veces el rol del formador no es valorado como se debe.
“Bilardo decía que había muchos Marios Oilher en el país. Que nos gusta formar jugadores, darles una mano, ayudarlos. A veces es ingrato el final del recorrido”, explicó.
“En el cierre de esa jornada, Bilardo pidió homenajear a las personas que acompañan a los chicos, que los ayudan a dar los primeros pasos y que lo hacen de corazón”. Esa fue una de las grandes gratificaciones que tuvo Oilher en su carrera como formador de jugadores.

Más que vigentes
“A veces las cosas no salen como estaban previstas y ahí armé la escuela de fútbol”, contó con gracia el ex observador de Vélez, quien llevó al club de Liniers a varios jugadores de la Tierra Colorada.
“En esa primera camada estaban Enzo Bruno y Diego Millán. Ellos fueron mis jugadores iniciales. Creamos un club que era San Ignacio Miní y tuvimos buenas actuaciones en la Lidai (NdR: una asociación que organizaba el fútbol infantil). Había buenos jugadores en las inferiores en varios equipos”, rememoró y agregó que “tuve a Jorge Maslovski, lo llevé a Vélez, tuvo unos buenos años ahí y ahora está como arquero en Guaraní, y a Jorge De Olivera, quien hoy está en Platense”.
En aquel momento, Oilher trabajaba para el Fortín: “Yo iba observando jugadores para Vélez. A Daniel Verón lo vi en una prueba en el barrio San Miguel. De 100 chicos lo saqué a él. Yo era delegado de Vélez y cuando los coordinadores me pedían que llevara jugadores íbamos con los chicos”. Oilher se considera un apasionado del fútbol, pero sobre todo de ser formador de los chicos en el deporte: “Mi pasión siempre fue ser formador” y aseguró que siempre trabajó para “darle oportunidades a los jugadores, que tengan las mismas chances que otros chicos de todo el país”.
“Trabajé mucho en la personalidad, para que se mostraran y no tuvieran inconvenientes en demostrar sus capacidades. Siempre tuvimos éxito en los jugadores que llevamos a diferentes clubes”. Esa definición la avala con nombres como el de Jorge De Olivera, Pablo Armesto, Silvio Monge y Daniel Verón, todos chicos que llevó a las inferiores del club de Liniers y que dedicaron su vida al fútbol. El padrinazgo de Bilardo sirvió para hacer visible el trabajo de Oilher, que podría haber quedado en el camino. Sin embargo, el bonaerense mantiene viva su llama de formador y el club está cerca de cumplir tres décadas.
“En la escuelita tenemos hoy entre 40 y 50 chicos y tratamos siempre de darle la oportunidad de soñar a esos chicos, que tengan los mismos derechos que el resto de los chicos del país y que la personalidad sea la de sentirse seguros, de no ser menos que nadie y logré inculcar eso con varios chicos que nos representaron”, aseguró Oilher.
“En la escuela no sólo hablamos de fútbol, sino también de los cuidados, de la alimentación, del profesionalismo y trato de transmitirles eso para que puedan tener una carrera dentro del fútbol y también el derecho de soñar, para que puedan concretar los sueños y así formar personas y jugadores. Es un laburo silencioso”, cerró Oilher.
La escuela del Narigón alimentó a varios clubes de Misiones y a muchos chicos les dio la chance de llegar a Primera División, de tener una carrera dentro del fútbol y se mantiene con la misma idea con la que fue creada: darle la oportunidad de soñar a los pibes. 

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