Marcial Paredez (25) es estudiante de Antropología y está fuertemente comprometido con la música y la producción audiovisual. Su hermano, Martín (28), ostenta el diploma de médico. Jorge Martínez (33) es auxiliar de guía de turismo y habla cuatro idiomas. CarinaVillalba (24) cursa el segundo año de Derecho en la Universidad Católica de Santa Fe. Todos, con vocaciones distintas, tienen algo en común: por sus venas corre sangre guaraní. Son mbyas del siglo XXI. Buscan convivir con su legado cultural entre las reglas impuestas por la globalización, la modernidad y la revolución digital.
“No podemos pensar en vivir como antes. Si pensamos en la época de nuestros abuelos sería mucho más difícil sobrevivir. Antes era más tranquilo porque había monte, selva. Ahora no podemos ir a cazar a una propiedad privada porque no nos dejan. Siempre le digo a los más jóvenes que estudien, con estudio van a conseguir trabajo en el pueblo”, cuenta a El Territorio, Jorge Martínez, cacique de la comunidad Ka'aguy, ubicada a unos 20 kilómetros de la zona urbana de Andresito, una localidad del norte misionero.
Jorge oficia de guía turístico en Yacutinga Lodge, trabaja allí desde hace cinco años y para cumplir con su labor diaria, camina tres kilómetros, desde la aldea hasta el lodge.
Kemerer y Pa’i Antonio Martínez
El P'ai Antonio Martínez le hizo llegar una carta al obispo de Posadas, Kemerer, que expresaba el deseo de “recibir ese corazón en su pueblo” en referencia a la reliquia de Roque González de Santa Cruz. El religioso viajó hasta San Pedro para encontrarse con el chamán más respetado en Misiones. “Un hecho histórico sin precedentes: por primera vez el corazón intacto de Roque González estaba en manos de sus “queridos hijos guaraníes”, 350 años después de su muerte. Todos pasaron junto al Pa’i que de pie elevaba al cielo invocaciones apasionadas”. (Fuente: Marisa Micolis – Selim Abou en su libro “Los mbya guaraníes, el tiempo del reconocimiento”, que será presentado el 12 de septiembre en el Montoya).
Información del último censo
El Censo del Consejo de Caciques se realizó entre 2012 y 2013 y arrojó entre otros datos que en la tierra colorada existen 105 aldeas y unos 6.500 habitantes, cuya cifra se viene manteniendo en los últimos siete años. La aldea Fortín Mbororé (Puerto Iguazú), con 263 familias es considerada la más grande; le sigue Perutí (El Alcázar) con 130 familias.
Saltar sobre un tren de alta velocidad
La adopción de nuevas prácticas y técnicas ha sido una constante en la historia de la humanidad. Y esto se ha dado de dos maneras principalmente: por la evolución dentro de un grupo humano, en el que las nuevas generaciones transforman las prácticas de las anteriores; o por la adquisición de nuevas formas de hacer o pensar de grupos vecinos más innovadores.
La adopción de la agricultura, una revolución que comenzó en distintas partes del mundo hace 9 mil años y en adelante, fue quizás uno de los cambios más dramáticos que vivieron las comunidades humanas: pasar de cazadores recolectores a agricultores. El equivalente bien podría ser la expulsión del paraíso y pasar a ganarse el pan con el sudor de la frente. Tan innovador resultó el cambio que de hecho hasta el día de hoy hay comunidades humanas que no hay adoptado la agricultura.
En su libro Primeros Agricultores: Los orígenes de las sociedades agricultoras, Peter Bellwood aborda posibles escenarios de la interacción entre los cazadores-recolectores y los primeros agricultores según el registro etnográfico. Una de esas posibilidades indica que ambos grupos mantuvieron relaciones de intercambio. Estas condiciones de convivencia pacífica se habrían mantenido hasta que el crecimiento demográfico de los grupos de agricultores despertó la necesidad de nuevas tierras. Cuando eso sucedió los cazadores recolectores se incorporaron a las comunidades agricultoras como mano de obra o, si tuvieron la fortuna de lograrlo, a través de la adopción de la agricultura en sí misma. Sin embargo, el autor plantea que muchas veces, para cuando la presión de los agricultores alcanzaba las proporciones suficientes para forzar el cambio, muchas veces ya resultaba demasiado tarde. Bellwood equipara la adopción de la agricultura en el siglo XXI a intentar saltar sobre un tren de alta velocidad en movimiento.